jueves, 22 de diciembre de 2016

EL BUQUE EN LA BOTELLA O LA VIDA PROTEGIDA

ODA AL BUQUE  EN LA BOTELLA (PABLO NERUDA)



Nunca navegó
nadie
como en tu barco:
el día
transparente
no tuvo
embarcación ninguna
como
ese mínimo
pétalo
de vidrio
que aprisionó
tu forma
de rocío,
botella,
en cuyo
viento
va el velero,
botella,
si,
o viviente
travesía,
esencia
del trayecto,
cápsula
del amor sobre las olas,
obra
de las sirenas!





Yo sé que
en tu garganta
delicada
entraron
pequeñitos
carpinteros
que volaban
en una abeja, moscas que traían
en su lomo
herramientas,
clavos, tablas,
cordeles
diminutos,
y así en una botella
el perfecto navío
fue creciendo:
el casco fue la nuez de su hermosura,
como alfileres elevó sus palos.
  

Entonces
A
sus
pe-
que-
ñi-
simas
islas
regresó el astillero
y para navegar
en la botella
entró
cantando
la minúscula, azul
marinería.


Así, botella,
Adentro de tu
Mar, de tu cielo,
Se levantó
un navío
pequeño, si,
minúsculo
para el inmenso mar que lo esperaba:

la verdad
es que nadie
lo construyó
y no navegará sino en los sueños.


Yo también tengo mis barcos embotellados, de madera, de cristal, y en repisas, de todos los tamaños y formas, barcos en platos decorativos, amo los barcos.
Me he dado la maña para construir 2 lanchas que me han permitido navegar Chiloé, sus canales e Islas y el continente que tenemos al frente de la Isla Grande.

En esta oportunidad, a navegar se ha dicho, con la excusa de ir a pescar con mosca, a mi querido Rio Purilauquen que deposita sus transparentes aguas cordilleranas en la  Bahía Pumalin.
Esta bahía de 1.5 millas de diámetro, ubicada al norte de Chaitén y frente a Talcán, la mayor de las islas Desertores, se protege de las aguas del golfo con la barrera natural que forma la Isla Llahuén.
He vuelto a NAVEGAR,  a ser un capitán de juguete, con una tripulación disciplinada y confiada.
Ingresamos a la bahía sorteando los bajos de Chaulinec, el bajo de la isla de Chulín, y la difícil entrada a Pumalín, asediada por roqueríos a babor y estribor.



La primera noche hubo un temporal de Viento y algo de lluvia con ráfagas del cuarto cuadrante, para después del medio día reinar una maravillosa calma, con apariciones intermitentes de un cálido sol.
No solo me gusta el diseño y construcción de la embarcación, la interacción y convivencia con los maestros de ribera, si no, finalmente usarla, navegar en ella, sentirme dueño de mi destino, cruzar los mares y sus misterios, zonas de riesgo, corrientes surgentes que generan remolinos, rayas de mareas, burbujas, cambios de coloración del agua, rocas semisumergidas u ocultas, sargazos, adheridos aún a una roca en el fondo, señalando baja profundidad o aguas someras o cochayuyos ya desprendidos, flotando,  haciéndome dudar de la seguridad de las aguas que surco, y que me provocan miedo, dudas y desconcierto, inestabilidad en el gobierno, vuelvo a ser un temeroso y pequeño hombre en la inmensidad del mar, al que por  esta vez vuelvo a vencer.
Pero finalmente en esta oportunidad, no es el mar y los elementos los que me vencen, es la vida misma, y vuelvo derrotado a Castro.

Con la escasa señal de celular que tengo, alcanzo a recibir una llamada telefónica que me desgarra el alma, una hora antes de la llamada ha muerto atropellado el querido hijo de unos amigos, en Santiago.
Ahora odio Santiago, su violencia, su mundo impersonal, su aire contaminado. Criamos a nuestros hijos en Chiloé, a la vista de todos nosotros, los adultos.
Los hemos visto crecer desde pequeños, desarrollar sus personalidades, sus habilidades, todos juntos, en este pequeño Edén que es Chiloé, con la naturaleza tan cerca que se mete dentro de las casas. Niños amorosos, que crecen cuál barcos en botellas de cristal y que quisiéramos no les ocurra nada, que estén protegidos, aunque finalmente, los dejamos partir, a sus estudios a crecer, a enamorarse, a aprender a sobrevivir en un mundo tan diferente del que se criaron.


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