lunes, 22 de septiembre de 2014

Música en el Café del Puente


La sorpresa, la emoción, el respeto, la alegría de una oportunidad mágica, impensada, es lo que pude ver en los ojos de las personas que simplemente habían entrado al Café del Puente para tomar un café con su pareja, con sus niños, o en una pareja de turistas norteamericanas que no entendían lo que estaba pasando.
Esos son momentos que se atesoran en el recuerdo.
Qué pasaba ?, el Maestro como se le suele llamar, y me refiero a Roberto Bravo González, pianista Chileno de quien no se requiere más presentación, necesitaba un piano para practicar las horas diarias de rigor.
Había una serie de conciertos que debía dar en Chonchi, en Dalcahue, y contaba con el piano de la Academia de las Artes de Castro, dependiente de la Corporación Municipal, pero justamente esa semana, las Municipalidades de Chile llevaban varios días en paro de actividades por mejora en sus condiciones laborales y de sueldo.
No había quién abra la academia, sin embargo el mismo Maestro, de algún viaje anterior, recordaba que en Castro había una Sofía que tenía un piano de estudio, y es así que desde su hotel, sin dudar de quien podría tratarse, llaman a la propietaria del Café del Puente para consultar si autorizaría que Roberto Bravo practicase durante esos días en el Café, y que solo serían unas horas al día.
Obviamente la respuesta fue un rotundo sí.
El músico llego 1 hora después, con su característico cabello blanco, un chaquetón, saludó al personal, pidió un tecito, y se sentó al piano.


La gente presente no entendía lo que pasaba, es así que inicia, probando el instrumento, el que se encontraba a punto, pues es afinado 4 veces al año, por el mismo afinador que viaja a revisar otros instrumentos en el sur de Chile.
Dado el visto bueno y la correcta afinación  comienzan a sucederse las melodías clásicas, melodías populares  unas tras  otras, y que correspondían a los conciertos en perspectiva.
De repente, una pareja entra al pequeño café, seducidos por la música, ya adentro, notan este ambiente de sobrecogimiento, el varón avanza unos pasos más estirando el cuello y ve al Maestro que como siempre concentradamente ejecuta la Polonesa Heroica de Chopin, no lo puede creer y dado que ya  no hay donde sentarse, pregunta en voz baja si pueden permanecer ahí.


El café se encontraba abarrotado, con gente de pié y sentada, quienes hipnotizados escuchaban la música.
Al final de cada pieza que era ejecutada a la perfección viene el aplauso cerrado, y comienza otro tema.
Así pasaron unas dos horas de estudio, más el pequeño intermedio para tomarse un té, vinieron las fotos, y los comentarios, los recuerdos de la gente que le contaba que lo había visto en tal parte, en aquel concierto, etc.

Yo tenía la impresión que Roberto Bravo era un hombre, un poco parco, siempre muy serio, actitud que yo entendía como timidez.
Recuerdo que en una oportunidad, cuando yo tenía 18 años me tocó viajar en tren de Santiago a Valdivia en Coche cama, qué viajes aquellos, en esos carros de madera, con coche comedor y todo, después de la cena, los asientos habían sido convertidos en literas con cortinas...., bueno, frente a mí estaba sentado, Roberto Bravo, no me dirigió la mirada, ni menos la palabra, yo supuse que no estaba para que le den la lata, así que ambos nos dedicamos a leer durante todo el viaje.
Ahora, lo encontré muy comunicativo con la gente, contento diría yo, y los parroquianos, que en ese momento, eran en su mayoría turistas, demostraban abiertamente mucho cariño y respeto para un artista que ha dado tanto por su país y por los jóvenes.

Esto se repitió por varios días, así que mucha gente tuvo la oportunidad de disfrutar por sorpresa un concierto de piano, mientras se tomaba un simple café.

Concierto en Iglesia Patrimonial de Chonchi

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