martes, 13 de marzo de 2012

MALL EN CASTRO





LOS MALES DEL MOL
Verdaderamente debería haber titulado “Los Bemoles del Mol” o “Los Males del Centro Comercial,” pero he optado por “Los Males del Mol” dado que a mis compatriotas, incluso aquellos que se ufanan y afanan en encontrar malo todo lo que tenga olor a Estados Unidos, les encanta meter en su lenguaje palabrejas del inglés que al ser usadas en nuestro castellano suenan tan ridículas como la ridiculez misma. Por lo tanto, en un inocente intento de evitar eso de escribir MALL y leer MOL, he preferido hacer lo que ha sido tradición en nuestro lenguaje, es decir, castellanizar la palabra. Así como escribimos fútbol, en vez de football, básquetbol, en vez de basketball, déjemonos de agringadurías que suenan tan snobs como falsas, y si no quieren decir “Centro Comercial” como correspondería en nuestro hermoso castellano o español; castellanicemos la palabreja y sin temores estúpidos digamos MOL, pero escribamos MOL como correspondería en nuestro idioma si es que le damos rango y cabida dicho término.
Siguiendo ligeramente con este tema que requiere mucho más que ligereza y superficialidad, debo decir que en Chiloé ya no son los árboles los que no dejan ver el bosque sino que el omnipresente MOL el que no deja ver el MOLO, a la vez que desde el MOLO, y desde cualquier punto de la bahía y de los lugares que se ubican frente a la ciudad de Castro, una de las más antiguas de Chile, ésta ha desaparecido por completo y el único panorama que se ofrece a la vista es el ubicuo MOL. Es decir, que desde hace un buen tiempo, aunque todo Chile y los propios castreños sólo parezcan haberlo percibido al ver las fotografías en diarios santiaguinos, mirar Castro desde Ten Ten, Tey, Quento, Tongoy y toda esa hermosa costa interior, es ver un monstruo que surgió “de un día para otro” igual que un gigantesco hongo, y nadie lo vio levantarse, crecer y posar sus miles de  toneladas de fierro y concreto sobre la explanada de la ciudad, borrando de un plumazo casi cinco siglos de historia. Mirar Castro desde cualquier lugar cercano o desde el mismísimo Millantuy será mirar el MOL.
Castreño de toda la vida, porque mudarse a otro lugar por trabajo, desarrollo profesional o lo que sea, no significa dejar de ser lo que uno es, he visto con horror las fotografías publicadas en los medios de comunicación del país. Cuando digo horror no hiperbolizo absolutamente nada. El horror al que me refiero es ese horror descrito con precisión por el Diccionario de la Real Academia Española, en sus acepciones 1 y 3: “Sentimiento intenso causado por algo terrible y espantoso” y “Aversión profunda hacia alguien o algo,” respectivamente.
Algo horrible y espantoso, claro, no tiene por qué ser algo horrible y espantoso por su propia condición, puesto que ese edificio con las mismas características con que está siendo construido no sería ni horrible ni mucho menos espantoso si estuviera erigiéndose en un lugar apropiado para un edificio de tal envergadura. ¿Se imaginan ustedes lo que se diría si alguien  erigiera un monumento ecuestre de Bernardo O”Higgins en un lugar completamente inaccesible en medio de la Cordillera de Piuché?  Por supuesto que no diríamos que ese monumento es ni horrible ni espantoso, pero nadie podría negar que quien lo erigió allí estaba bastante chalado debido a una razón sumamente simple: Su desubicación. Un monumento de tales características debe estar ubicado en un paseo público donde todo el mundo lo vea y al verlo recuerde la obra y figura del prócer. Porque no se requiere de una inteligencia demasiado privilegiada para ver que así como decimos “cada oveja con su pareja,” también sabemos que una construcción debe tener cierta armonía con su entorno.
Hace más de dos décadas vivo en los Estados Unidos, donde a mediados del siglo anterior, se inició la idea del Mall, y donde hay muchísimos de todos los rangos y tamaños a lo largo y ancho del país. Sin embargo, en este país con tantos millones de compradores a nadie se le ha ocurrido construir un edificio gigantesco en un lugar donde rompa con la armonía de su entorno. Por decir algo, la universidad donde trabajo está ubicada en un hermoso suburbio de Filadelfia y cualquier visitante extranjero se preguntará por qué esa institución que tiene tanto dinero y varios miles de estudiantes no construye edificios altos. La respuesta es una sola: “La municipalidad de Radnor no permite construir edificios de más de cuatro pisos.” Y, por supuesto, nadie intentará sobrepasar ese límite porque no se le autorizará hacerlo.
Yo vivo en Havertown, otro bello suburbio de la ciudad donde se fundó este país, y si mi esposa o yo necesitamos ir a un Mall, tenemos que movilizarnos en automóvil por 20 ó 25 minutos. Y, por supuesto, a todo el mundo le parece que es lo más correcto porque un Mall  dentro de cualquier suburbio de Filadelfia (todos mucho más grandes que la ciudad de Castro) entorpecería el tráfico y perturbaría la vida normal del vecindario. Es decir, que en este país que ha impuesto a rajatabla un modelo económico que vemos derrumbarse día a pesar del derrumbe no se pasan a llevar las reglamentaciones de la ciudad, aunque el señor dinero intente comprar conciencias e imponer sus siempre injustas reglas.
Como una palabra trae otra y todo el mundo tiene su opinión aunque no sepa ni siquiera de qué va el asunto, quiero dejar claro que nunca se me pasaría por la cabeza oponerme a la construcción de un gran centro comercial en Castro, ni mucho menos al desarrollo y al bienestar de mi provincia. Quien diga que todo el que se opone al Mol de Castro se opone al desarrollo creo que está totalmente equivocado, principalmente porque tampoco entiende lo que significa desarrollo. Desarrollo, según entendemos, significa crecimiento, pero un crecimiento progresivo, pensado en el contexto económico, histórico y cultural en el que se va a realizar.
No me opondría y, muy por el contrario, aplaudiría la iniciativa de un gran centro comercial en los alrededores de Castro. Ciertamente, no tiene por qué ubicarse a una gran distancia de la ciudad, pero  su ubicación no debe perturbar la vida de la comunidad que allí reside. Pensado así no sólo sería una buena idea porque no perturbaría a los vecinos de una ciudad establecida sino que además se transformaría en un polo de atracción, razón por la cual  todo el mundo saldría ganando. Los terrenos cercanos subirían su valor puesto que los alrededores de dicho centro comercial muy pronto comenzarían a urbanizarse dando lugar a una ciudad satélite de características propias. Un pueblo o ciudad de características modernas cuya arquitectura no entorpecería la arquitectura tradicional de la región, bien  conocida y apreciada en todas las latitudes. Ubicarse en las afueras de la ciudad significaría también construir, mejorar y/o ampliar las rutas de acceso y poner transporte público de la ciudad a ese lugar. Por lo tanto, ese centro comercial que atraerá clientes de todo el archipiélago no se encontrará con los horribles e insuperables problemas de tráfico que creará en una ciudad de calles estrechas, abundancia de vehículos, escasez de estacionamientos  y ya abarrotada de gente a ciertas horas del día.
No me cabe duda que los dueños de la constructora o del edificio en cuestión saben muy bien que tendrán un flujo diario de miles de vehículos y para atraer y tentar a sus clientes tendrán varios pisos de estacionamientos. Por supuesto que sí. ¿Pero ellos mismos y la Ilustre Municipalidad habrán pensado que esos miles de vehículos que llegarán hasta allá y se estacionarán con toda comodidad dentro del gigante de cemento deberán tener vías (así en plural) para llegar y para salir? Cada día, en particular en los meses que sigan a la inauguración de las grandes tiendas, el flujo de vehículos les habrá de recordar a mis coterráneos el que se produce en El Parque Municipal los días del Festival Costumbrista. Pero el Festival Consumista que se les viene no ocurrirá dos días al año sino el año corrido,  y la multitud festivalera no tendrá que ir hasta la punta del cerro liberando a la ciudad de ese enorme flujo vehicular y peatonal porque esta vez el festival de gangas y regateos ocurrirá en el mismísimo centro histórico de una de las ciudades más antiguas y más maltratadas del país por la indiferencia de las autoridades nacionales.
Nos guste o no nos guste, la metida de pata ya está hecha y no sé cuánto se podrá hacer para disminuir sus costos. Eso no lo sabemos ni lo sospechamos todavía. Tal vez eso fue lo que quiso decir el autor del Himno a Chiloé cuando escribió esos versos un tanto imprecisos que dicen: “Tus hermanas del norte te admiran/ por tu clima, tu cielo y tu mol#.”  

Havertown, 3 de marzo de 2012

Carlos Trujillo, Ph.D.
Doctor en Literatura por la Universidad de Pensilvania
Catedrático de Literatura Hispanoamericana
en la Universidad de Villanova, EEUU.
a día,





Cristián Warnken
Jueves 15 de Marzo de 2012
Los gigantes egoístas
La aberración del mall de Castro, la desmesura de la torre del mall Costanera Center, el mall Barón en el borde costero de Valparaíso, la presuntuosa y disruptiva casa central de una universidad privada frente a la tradicional y arquitectónicamente noble Facultad de Derecho de la U. de Chile, son sólo expresión más visible de un deterioro profundo y talvez menos evidente, pero más medular que una pura "antología nacional de la infamia urbanística".
¿Por qué lo que atenta contra el espacio público y el bien común, lo que puede deteriorar la calidad de vida de los otros logra imponerse con tanta facilidad e impunidad? ¿Y qué es lo público sino lo común, el espacio donde somos con otros?
Hoy nadie se hace responsable de nada. Somos como los mezquinos y patéticos habitantes de los pequeños planetas de "El Principito", concentrados en barrer y limpiar su metro cuadrado.
El empresario que "sueña" una torre o un mall de manera narcisista y egoísta, el arquitecto que proyecta la obra sabiendo en el fondo de su alma que se trata de un horror, los alcaldes que hacen vista gorda de los efectos de estas "intervenciones", el funcionario que firma el permiso de construcción respectivo, el ministro que reacciona tarde, el parlamentario que no fiscaliza a tiempo, cada uno de ellos, en su esfera de acción propia, es responsable de sus actos y omisiones. No es cierto que porque la legislación lo permita, yo pueda desde destruir un entorno patrimonial hasta producir un colapso vial que arruinará la calidad de vida de miles de mis compatriotas, y sentir que lo que hago no es éticamente reprobable porque está legalmente permitido.
Quien culpa al otro, quien delega su propia responsabilidad, quien se "opera" de su propia culpa, quien desplaza, endosa, se encubre en "vacíos legales" es quien ha renunciado a ser sí mismo, a ser hombre cabal, corresponsable del mundo que nos toca vivir y construir día a día. En Chile campea hoy el "síndrome de Pilatos": todos se lavan las manos, nadie siente que su responsabilidad individual sea gravitante en el curso de los acontecimientos. ¿Hay acaso una frase más tristemente nuestra que ésta: "Si no lo hago yo, igual lo va a hacer otro"?
Extraña paradoja la de una sociedad "individualista", que promueve el emprendimiento y dice tener fe en el poder de cada individuo. Somos individuos libres y cabales cuando se trata de iniciar un negocio o de acceder al poder; dejamos de serlo cuando lo que está en juego es el espacio público, nuestra convivencia con los otros. Y en toda sociedad en que se debilita la responsabilidad individual, ética, se abre el espacio para la corrupción, la mentira, la mediocridad, la decadencia espiritual y política. Andrei Tarkovski, profeta del cine ruso, en su libro "Esculpir en el tiempo", alerta sobre el debilitamiento de la responsabilidad individual en Occidente: "Para mí, la única tarea verdaderamente importante consiste en reinstaurar la responsabilidad del hombre con su propio destino (...). El sufrir con la propia alma provoca la responsabilidad y la conciencia de la propia culpabilidad. Entonces ya no se justificará con cualquier excusa la propia desidia y los descuidos, ya no se dirá que uno no es responsable de lo que suceda en el mundo".
Si hay cada vez más empresarios que sólo se miran al espejo todos los días y no ven el rostro de los otros a través de los vidrios polarizados de sus torres inteligentes y babélicas (como el gigante egoísta de O. Wilde), si abundan los arquitectos que olvidaron toda lealtad con su arte y la "polis", si tú -lector- y yo no creemos que se pueda dar testimonio allí donde nos toque actuar, entonces el cinismo y la cobardía devastarán el país más que los terremotos, los incendios y las inundaciones. Y reconstruir desde esa ruina moral sí que será una tarea ardua y talvez imposible.






El arquitecto Renato Vivaldi trabajó varios años en Chiloé. Hoy vive en Italia y envía un análisis histórico, urbano, arquitectónico respecto a la valoración y respeto por el Patrimonio Cultural del país a propósito del polémico mall de Castro.
Había terminado hacía poco la Ley de Puerto Libre para Chiloé. Eran los años setenta. El gobierno central promulgó entonces la Ley 889 que bonificaba las construcciones e inversiones con un 25% de su valor. Era en 1975. Como el valor de la construcción en Chiloé era menor que el establecido por los parámetros gobernativos, aquel porcentaje resultaba mucho mayor y, en el caso de la autoconstrucción (la mayoría de los casos) significaba una bonificación de casi el 100% de la habitación.
En el caso de las demás inversiones, se presentaban facturas abultadas y el juego estaba hecho: el 25% correspondía a casi toda la inversión real. Camiones, vehículos, maquinaria… operaciones llevadas a cabo en gran parte por personas de afuera de Chiloé a través de prestanombres locales. Resultado: una marea de chilotes presos por fraude.
En los ochenta llegaron las pesqueras. ¿Trabajo para todos? Un cambio más bien: de trabajadores independientes (pescadores, campesinos) y asalariados. Con un precio ambiental que ninguno imaginó. ¿Quién lo pone en la cuenta?
Desde que Chiloé fue tierra de castigo para los malos funcionarios públicos hasta hoy, muy poco ha cambiado. Al menos en las expectativas de un cambio real y duradero en sus habitantes. Todo pasa, poco queda.
Sin embargo, en contraposición a esta mirada “desde arriba”, paternal, que legisla sin considerar las particularidades de un territorio archipiélago, que ofrece mercaderías extranjeras, platita contante y trabajo asalariado, otra mirada comienza a hacer visible la cultura del lugar. Músicos, escritores, poetas y arquitectos reconocían en el territorio insular una pulsión propia digna de ser respetada y no avasallada por miopes propuestas gobernativas.
En arquitectura, el sacerdote arquitecto Gabriel Guarda comenzó reconociendo las iglesias de Chiloé como Monumento Nacional; en los sesenta Emilio Duhart, proyectista de las Hosterías de Castro y Ancud demostró que era posible hacer arquitectura contemporánea teniendo como punto de partida las condiciones locales; en los setenta, la Universidad de Chile hizo un gran trabajo de revalorización de la arquitectura en madera del archipiélago. Por primera vez se daba valor a la arquitectura doméstica y al tejido urbano construido en madera. Contemporáneamente, con el Taller Puertazul comenzamos a proyectar una nueva arquitectura en madera para Chiloé. Dábamos valor a lo que llamamos la “cultura de la madera”, que es mucho más que un material de construcción. Nuevamente músicos, poetas y estudiosos estuvieron presente. Hoy, Chiloé se identifica en aquella mirada contracorriente, más que en los despojos del puerto libre, de la Ley 889, ni en lo que dejaron las pesqueras fugitivas cuando constataron el daño ambiental que habían causado y que el negocio se les escapaba de las manos.
Demasiado fácil llegar amparados por leyes incompletas, ineficaces, incapaces de crear sostenibilidad económica y menos aún, sostenibilidad ambiental y social. Llegar, usar, abusar e irse dejando todo botado cuando las papas queman. Hoy diríamos que eran proyectos sin proyección, no sostenibles.
En los setenta, con el Taller Puertazul escribimos la “Carta por Chiloé”, presentada a la 2ª Bienal de Arquitectura de Chile y publicada en varias revistas especializadas. Defendíamos una identidad propia para el archipiélago. Un punto de partida para hacer propuestas que duraran en el tiempo, nacidas de sus propias potencialidades.
Durante más de treinta años se ha ido consolidando una mirada que surgiendo “desde abajo”, desde lo local, desde su propia cultura, ha producido efectos positivos, de los que todo chilote debe estar orgulloso. Se ha reconocido en aquella cultura un valor. La arquitectura en madera del archipiélago (histórica y contemporánea) es parte de programas de estudio en facultades de arquitectura del continente; la arquitectura chilota ha sido incorporada a pleno derecho entre las arquitecturas en madera del planeta; la UNESCO ha reconocido su arquitectura religiosa, ya declarada Monumento Nacional, como patrimonio de la humanidad; se ha creado un museo de arte contemporáneo y otros museos de la cultura chilota; se ha desarrollado un “slow tourism” interesado en la expresión cultural de ese territorio insular, superando distancias y dificultades objetivas para el viajero que llega desde los centros emisores de turismo nacional e internacional.
En la construcción de esa mirada no hemos estado ausentes. Independientemente del hecho de ser o no ser chilote. ¿Cuándo se es chilote? Una mirada que quiere ver crecer a Chiloé con sus propios medios, sostenible, haciéndose cargo de su territorio, de su gastronomía, de sus estructuras productivas, porque detrás de cada una de estas expresiones está el habitante de Chiloé.
Es uno de los motivos que me inducen a escribir esta 2ª “Carta por Chiloé”. Una “Carta por Castro” esta vez. La construcción de este “Monstruo” echa por tierra más de treinta años de trabajo, de reflexión, de esfuerzos institucionales y privados por crear un desarrollo sostenible del territorio. Un desarrollo que no dependa sólo de leyes más o menos paternalistas que, al final, benefician a quien las promulga y no al habitante de Chiloé. Este edificio representa aquella mirada que ve el territorio sólo como una ocasión, como una disponibilidad. En este caso, una ocasión comercial. Se ha “sentado” textualmente, en un tejido urbano construido por sus habitantes, valorizado en todo el mundo por su delicadeza para establecer una relación con el entorno, con el paisaje.
El “fuoriscala” del Monstruo Sentado habla de arrogancia frente a la preexistencia, pero también grita la impunidad de que goza un modelo de desarrollo del territorio que piensa en sacar sólo sus propias cuentas sin importarle el contexto.
Suponiendo que hacer compras en un edificio de estas características sea una necesidad imperiosa de los castreños, que un centro comercial sea una necesidad para evitar largos y agotadores viajes a Puerto Montt (antes se iba a Santiago), creo que la ciudad ha sacado mal sus cuentas. Poner algo quitando lo que se tiene es como vender las propiedades de familia: se obtiene dinero, pero se pierde un bien. En este caso, ubicar el edificio – Monstruo – sentado en el casco histórico de la ciudad es haberle quitado esa delicadeza, alterando esa escala con que se ha relacionado el hombre con su paisaje. Aunque ese haya sido un terreno vacío o en ese terreno hayan existido “dos o tres casas”, como se argumenta. Si un centro comercial era necesario, había que construirlo en un lugar en que su escala fuese adecuada al entorno. Alguien deberá hacerse responsable de esta decisión.
El impacto en el tráfico lo podrán evaluar los residentes de las áreas aledañas y del centro mismo de la ciudad. Es sabido.
Son cuestiones técnicas relativamente fáciles de evaluar, pero que en este caso, parece que representaron problemas insuperables. De hecho, el edificio está ubicado en un lugar técnicamente equivocado. La gran cantidad de estacionamientos propuestos indica una fuerte presencia de automóviles. El automóvil permite desplazarse de un lugar a otro con una cierta facilidad y en poco tiempo. Un silogismo elemental: si al centro comercial se llegará en vehículo, poco importa que su ubicación diste algunos metros y evitar así el mayor problema que pone este edificio en relación al contexto: su cambio de escala.
Distante del centro, accesible en vehículo, el Monstruo sería sólo un Monstruo. Ya no un Monstruo Sentado, irrespetuosamente. Su existencia no le habría quitado algo de eso que ha hecho visible a Chiloé en todas partes: su escala, su delicada relación con el paisaje, la cultura de la madera, etc. Como construir un Monstruo Sentado en Venecia.
Este edificio sintetiza todas aquellas medidas, leyes y ayudas que sólo han hecho invisible a Chiloé. Con la diferencia que esta vez su presencia se ha materializado en medio de un tejido cultural que se ha ido consolidando durante un par de siglos, dañando irreversible y prepotentemente un trabajo realizado por habitantes del archipiélago y no (no tiene importancia) del que no muchos lugares en Chile se pueden honorar.
Quienes defienden el Monstruo Sentado en ese lugar, con esa mole ¿saben que la condición de Patrimonio de la Humanidad que otorga la UNESCO se puede perder si no subsisten las condiciones por las que el monumento fue declarado como tal? ¿Qué tal si nos quedamos con un mall más y con un Patrimonio de la Humanidad menos?
Vivo en Italia, en Roma. A nadie se le ocurriría sentar un Monstruo al lado del Coliseo o de la basílica de San Pietro, aunque se han construido grandes centros comerciales. En la periferia, perfectamente accesibles en vehículo. Probablemente los romanos no viven del Coliseo ni de San Pietro así como los castreños no viven de la Iglesia ni de los Palafitos, pero destruir lo que se tiene y que proporciona visibilidad positiva, identidad y fuente de trabajo es suicida.
Esta Carta por Castro la escribo desde un gran estupor. Estupor por saber dónde estaban las autoridades que permitieron esta presencia sin preveer sus efectos colaterales. Estupor por la prensa y los profesionales locales que han hecho público este hecho sólo cuando el Monstruo ya estaba sentado. Estupor por la impunidad de la que gozan algunos empresarios para instalarse en ciertos contextos arrasando con lo que ahí existe, imponiendo sus condiciones asimétricamente, sin equivalencia de fuerzas por el otro lado.
Si Castro desea mantener un modo de estar en el mundo, apreciado por el mundo entero, si quiere mantener la condición de Patrimonio de la Humanidad de uno de sus edificios más significativos, si quiere ser respetuoso del trabajo de tanta gente que ha dedicado sus vidas a reconocer en ese lugar condiciones de vida adecuadas a esa realidad y no formas de vida impuestas desde lo alto, si quiere contar con un buen centro comercial que les evite hacer un largo viaje para adquirir algunos bienes, entonces que exija la demolición total del edificio en ese lugar y su traslado fuera del casco urbano.
En caso contrario, Castro pasará de ser un lugar único por su relación con el paisaje y su cultura, a un lugar más, soporte de una operación mercantil avasalladora, irrespetuosa y banal. Como en cualquier lugar banal del mundo.
Fácil decirlo, difícil hacerlo, se dirá. Pero es más fácil construir un edificio equivocado y demolerlo que construir y luego demoler una ciudad que se ha ido construyendo en el tiempo.
Renato Vivaldi Tesser
*Arquitecto
Nota: Para evitar esa odiosa división que a veces surge cuando se tratan temas locales, deseo aclarar que no he nacido en Chiloé. He vivido y trabajado en Chiloé por varios años y tengo familia chilota. Reflexionar sobre un lugar es irrelevante si se hace desde adentro o desde afuera, sobre todo si esa realidad pertenece a los castreños, pero también a todos los chilenos y, una parte de ella, a toda la Humanidad.