domingo, 16 de octubre de 2011

Como mueren las casas y las lanchas en Chiloé



En las cabalgatas del último tiempo he visto,  al lado del un camino principal, una casa de madera que colapso sobre sí misma, al lado de ella, hay edificada una nueva, de zinc o lata como le decimos acá en Chiloé.

Me ha llamado la atención su magnífica puerta envejecida, la he visto 3 o 4 veces, pero no he tenido el ánimo de parar y preguntar por ella.
Esta escena, de la casa derrumbada la he observado varias veces, debe ser un proceso paulatino de deterioro que hace finalmente que sus moradores la abandonen, luego pasa el tiempo, cede la cumbrera, las vigas, y se derrumba dentro de sí misma.

Permanecen algunos objetos en su interior, parte del mobiliario, corre la misma suerte de la casa. El viento y la lluvia son implacables y lo destruye todo,  lo que es más firme, aparentemente son las ventanas y las puertas que resisten más tiempo y alguien las podría reutilizar.
Las casas permanecen durante décadas en estas condiciones, y curiosamente no las desarman, partes irán a parar al fuego, pero no parece lo más rentable reciclarlas.

En la gente que viene de fuera, y hacen sus casas, no es infrecuente ver incorporada en alguna parte de sus nuevas viviendas, algún resto arqueológico de estas casas antiguas las que son mostradas con orgullo, porque siempre traen una historia real o inventada consigo.
También me parecen más hermosas estas antiguas casas con sus líneas simples que las nuevas de zinc que los propietarios confeccionan, de manera que se va perdiendo poco a poco la arquitectura tradicional.
Otro proceso notable, es el de las tejuelas de alerce, que sufren un proceso de adelgazamiento progresivo, por donde corre el agua.

Estas tejuelas de 100 años, llegan a estar en algunas partes con un grosor milimétrico, producto de toda una vida expuesta al correr del agua, pero siguen manteniendo su función de última piel sobre el tingle de la casa, el clavo que la sostenía, aunque fuera galvanizado, hace años que se corto producto del óxido, pero ahí permanece la tejuela, sujeta por sus compañeras, se saca una y vendrá el descalabro de las tejuelas, mejor no tacarlas, además que lucen hermosas con esa pátina que les da el tiempo.
Como vivo al lado del mar y cerca de 2 astilleros, también me toca observar el lento morir de las embarcaciones de madera, tan poético como el de las casas.
Su dueño la lleva al astillero, para evaluar una reparación que parecía menor, sin embargo, el maestro jefe, la recorre junto al dueño, descubriendo que la broma ha destruido la quilla, los guardaplayas, que gran parte del la obra muerta esta en malas condiciones y la cubierta hay que cambiarla en su totalidad, rápidamente se reconoce que es mejor hacer una nueva.
Ahí se quedará la embarcación semi abandonada, el dueño no volvió más, luego comienza el robo hormiga de partes de la embarcación, que puedan ser útiles para una lancha  nueva o para recuerdo, es así como desaparece la caña de timón, al tiempo alguna ventana o escotilla de bronce, la bita, las anclas hasta que queda el casco varado como una ballena en la playa, ya no flota mas, se llena y vacía de agua con las mareas, y así pasan los años, hasta que un día ha desaparecido, quizá desintegrada, los últimos pedazos de madera se fueron arrancados y arrastrados por el último temporal.

Respecto de mi puerta, ayer me atreví a pasar a preguntar por ella, efectivamente era una puerta de más de 100 años, de alerce, dentro de los escombros de la casa, había un yugo, unas ventanas y una repisa, me lo lleve todo por una módica suma.
No sé que voy a hacer con estas cosas ahora, pero no me pude permitir dejarlas morir si darles una oportunidad.