domingo, 21 de agosto de 2011

Cabalgando por el Chiloé profundo

Hacía tiempo que no me subía a un caballo, y mi amigo Coché, había seleccionado un buen ejemplar chileno para mi, ágil, fuerte, de rápidas reacciones, pero dócil, con una cómoda montura chilena, esto es muy importante dado que me encontraba totalmente fuera de práctica.
La idea era recorrer el campo chilote, desde la playa de las Barracas, en el canal Dalcahue, hasta la playa Quento, en las cercanías de Putemún, en el fiordo de Castro, o sea, cruzar totalmente esta península de lado a lado.
Cabalgamos por pequeños caminos, en las playas, por los campos,  en un paseo de unas 4 horas de duración.


Lleve mi poncho mapuche, esto, me parece más propio, que una moderna parca o chaqueta, además de  mi sombrero de fieltro para esta circunstancia.


En el trayecto, hicimos 2 paradas, la primera en la casa de un matrimonio de edad, en la playa Quento, donde vive una hermosa pareja, ella una mujer de cabello cano y radiantes ojos azules, nos ofreció chicha de manzana y vino tinto, conversamos de los vecinos, de lo tranquila de su vida en el campo, aunque sacrificada, y cuando pasaban en Castro, se aburrían.
Pude observar el viejo fogón chilote, que tenía más de 80 años y se encontraba un poco deteriorado, antes se usaba para asar carne, y ahumar pescado, cholgas y carne de chancho.

Después nos dirigimos al pequeño pueblo de Quilquico, donde vivían los padres de uno de los jinetes, 2 profesores jubilados, que habían enseñado en esa pequeña escuela durante toda su vida.
La escuelita hoy totalmente remodelada, conserva su letrero de lata con el escudo chileno, que trae la controvertida frase “ Por la razón o la fuerza”.

Esta pareja, además de su calidez, nos ofreció una cerveza helada y pan amasado, recién horneado.
Tenían una antigua carreta de madera, para bueyes, que no tarde en intentar negociar, a pesar que ya había sido pretendida por un moderno hotel que se construye en las proximidades.



Al regresar hasta nuestro punto de partida, nos esperaba un asado con frescas ensaladas.
El paseo en o a caballo permite la contemplación del paisaje a una velocidad y ritmo que invita a la reflexión, a la conversación y al disfrute del paisaje.
Chiloé no deja de sorprender con la belleza de sus paisajes, y la sencillez de su gente.
Aquí todos se conocen, al presentarme, conocían a mi padre y a mi madre, que durante muchos años contribuyeron a la salud pública en Chiloé.
Esta es parte de la vida en un lugar pequeño, a escala humana, que es lo que buscaba al venirnos a Chiloé desde Santiago.

2 comentarios:

olo dijo...

Interesante reportaje y preciosas fotos, que me han traído, tan lejos como estoy ahora, los aromas de Chiloé. Esa casa palafito en la mismísima playa, que habrá sido por su tamaño algo más que una vivienda, y que aparenta estar llena de leyendas… Las gallinas, las grandes protagonistas del campo chilote, siempre en búsqueda laboriosa de lombrices, y el gallo vanidoso pero bonachón, que se cree, sin serlo, dueño del corral… ¡El sombrero de fieltro de don Miro!, que parece salido de una vieja película del Oeste… El pasto fresco, corto, invernal, dorado por un sol oblicuo, que es un símbolo del Chiloé campesino...

Miroslav dijo...

Olo, que bonitas tus palabras, tienes la sensibilidad para descubrir en mis breves textos, complementados con las fotos lo que quiero transmitir, me atrevo a pensar que los campesinos son parecidos en todas las culturas, asi como ese gallo que no sabe si es chileno o chilote, o podría ser español, pero siempre tendrán la misma personalidad y caracter.